Gata. Los acordes me acercan de nuevo a ti, o quizás a un tiempo del que no llegué a marchar nunca. Las noches entonces eran risas, alcohol y saliva. Las luces giraban alrededor de nosotros como la vida vista desde un tiovivo. Todo era nuestro. Los amigos, las palabras, el aire. Los vasos de güisqui unían nuestros labios en un dulzor a carmín y poesía. Recitaba a tu oído, te susurraba cuentos de niños y lunas, de princesas y estrellas. De planetas imaginarios y promesas que no podía cumplir.
Te fuiste. Fue un hasta luego. Un hasta pronto alegre y sin miedos. Pero se fue todo y me fui yo, y perdimos la mirada, la palabra aunque no la sonrisa de los buenos momentos. La gata quedó allí, junto a un grueso árbol, mientras mis pasos se alejaban del mundo onírico y gatuno que regaló tanto a cambio de nada. Y quedé solo y la gata allí, y el mundo se volvió un poco más triste desde aquel adiós.

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